El Pabellón de Estados Unidos en la 61ª Bienal de Venecia ha inaugurado bajo una sombra de controversia, marcada por la influencia de la administración Trump y un proceso de selección calificado de ‘opaco’. El país está representado por el escultor autodidacta Alma Allen, cuya designación ha generado debate en el mundo del arte.
Un Artista Inesperado en el Epicentro de la Polémica
Alma Allen, un artista de 55 años con una trayectoria poco convencional –nacido en Utah, con una ruptura con su pasado mormón y residente en México desde 2017– presenta una veintena de esculturas abstractas y biomórficas realizadas con materiales naturales como el bronce, nogal americano, ónix mexicano y mármol de Yule. Su exposición, titulada ‘Call Me the Breeze’ (‘Llámame la brisa’), busca una conexión con la geología del continente americano.
La polémica no recae tanto en la obra de Allen, de un formalismo que muchos consideran inofensivo, sino en el proceso que lo llevó a Venecia. El Departamento de Estado de EE. UU. organizó una convocatoria abierta que, en esta ocasión, eliminó explícitamente referencias a valores como la diversidad, inclusión y equidad (DEI), reemplazándolas con la exigencia de que las propuestas ‘reflejaran y promovieran valores estadounidenses’ como la ‘innovación’ y el ‘excepcionalismo’.
La Comisionada y el Ecosistema Político
La figura de la comisionada, Jenni Parido, también ha sido objeto de escrutinio. Descrita como una ‘empresaria de mascotas’ sin experiencia previa en el mundo del arte, Parido es fundadora de la American Arts Conservancy y se le atribuyen conexiones cercanas con el entorno de Donald Trump. Su nombramiento, junto con la tardanza y los cambios en el proceso de selección —incluyendo un proyecto abortado antes de la elección final de Allen—, ha levantado dudas sobre la transparencia y la politización del Pabellón estadounidense.
El curador de la exposición es Jeffrey Uslip, quien cuenta con una trayectoria en el ámbito curatorial. A pesar de las críticas y la politización percibida, Allen ha insistido en que su arte ‘no es propaganda’ y que la administración no ha interferido directamente con su obra. No obstante, la situación refleja una ‘ofensiva cultural’ más amplia de la administración Trump, que busca redefinir el rol del arte en la promoción de una narrativa nacional específica.
